Anécdota sobre la Revolución Libertadora

Roberto H. Laspiur
ROBERTO HUGO LASPIUR

ANÉCDOTA SOBRE LA REVOLUCIÓN LIBERTADORA

Recordando vivencias acontecidas en el año 1955 durante la Revolución Libertadora, repaso un manuscrito que quedo en el cajón de los recuerdos, de un acontecimiento que sucedió mucho antes de la construcción del Canal Ameghino y de la inundación de Epecuén, pero que demuestra dos cosas. Por un lado que el canal cambio sustancialmente el perfil de las propiedades rurales situadas al norte, convirtiéndolos en agrícolas. Segundo, que en la resolución tomada para construir el Ameghino tuvieron injerencia superlativa intereses militares.

La noticia pasó desapercibida para el grueso de la gente. Sólo los que habíamos estado involucrados en el hecho leíamos, que en una especial ceremonia castrense, que contaba con la presencia de las más altas autoridades, el Presidente general Eduardo Lonardi entregaba al soldado Carlos Erostegui y al Teniente 1º Mario Hatchicatalepo, una medalla de Oro condecorándolos por las acciones realizadas en defensa de las autoridades de la Nación Argentina.

Todo comenzó el 16 de septiembre de 1955 cuando en Córdoba estallaba un golpe militar encabezado por el general Lonardi, a la que se agregaba muy pronto la flota de mar al mando del almirante Isaac Rojas y la sublevación del ejército de Cuyo al mando del general Lagos. La Revolución Libertadora había iniciado el derrocamiento de Perón.

Esa noche en el 184 Regimiento de Infantería y en especial en la 8ª. Compañía de Vigilancia del Arsenal Ángel Monasterio de Pigüé no durmió nadie. Se vivían horas de angustias y de incertidumbre, ya que el Jefe del Regimiento el Mayor Amuchategui, lo había superado el problema y optó por tomarse unas copas de whisky de más y guardó cama con un fuerte ataque de hígado. Nosotros sabíamos de boca de sus “asistentes” que vivió toda la semana en estado de ebriedad. Es decir perdidamente borracho.

Mario Hatchicatalepo era un Teniente 1°, que era el Jefe de la compañía de Vigilancia y en conjunto con el SubJefe, el Teniente Gilberto J. López, ambos de no más de 27 años,  se hicieron cargo del Cuartel.

 

Las noticias eran contradictorias. En aquellos tiempos las comunicaciones eran imposibles y menos aún en un estado de guerra como el que estábamos viviendo, donde las radios permanecían totalmente silenciadas y Radio Colonia de Uruguay, era la única que nos informaba de lo que sucedía en Argentina.

Nos reunieron a todos los soldados para informarnos vagamente de la situación y nos comunicaron que asumían en conjunto el mando de la Compañía, ante la enfermedad del Mayor Amuchastegui y al no recibir órdenes superiores, defenderíamos a las autoridades constituidas.

La defensa del Cuartel equipada con artillería moderna para la época no se hizo esperar. Además contábamos con la ventaja de que en la otra Compañía, la del Arsenal, a parte del almacenamiento de municiones, granadas y bombas en los galpones construidos bajo la montaña, se reparaban cañones de todo calibre, por lo que estábamos suficientemente equipados para hacer frente a cualquier contienda. Claro, existía un problema. Nunca los habíamos utilizado, ni sabíamos como funcionaban. Pero para los que dirigían las operaciones, eso era un problema menor !!!!.

 

Los dos primeros días recibimos la visita de aviones de la marina de Comandante Espora. Permanecíamos en posición de combate, con la mira apuntando y acompañando el desplazamiento de los mismos, pero sin disparar un solo tiro. El 18 de setiembre se produjo la primera escaramuza. Se acercaba a la ciudad de Pigüé una caravana con aproximadamente 100 camiones y más de 1000 soldados del Regimiento de Toay.

Nuestros Jefes habían determinado (en aquella época no existía la ruta 33 y el camino hacía Bahía Blanca, continuaba paralelo a las vías, en la ciudad de Pigüé) que frente al Colegio de las Monjas donde el antiguo camino de tierra era sumamente estrecho  y barrancoso se apostaran varias baterías para detenerlos y primordialmente informarse de las intenciones de los militares que se acercaban y de los que tenían sólo elconocimiento de que procedían de La Pampa.

Ese era el único camino para llegar al regimiento, por lo que se apostaron en la parte alta de la empinada barranca, más de 100 soldados con los cañones en posición de combate. Pero antes de disparar un solo tiro y en un todo de acuerdo con las órdenes emitidas, alguien debía detenerlos.

Habían previsto dos grupos de tres soldados para que en un momento determinado enfrentaran a los camiones con los obsoletos máuseres, (nuestra arma fundamental y única para la guerra cuerpo a cuerpo), colocarse en posición de fuego y solicitarle al Jefe a cargo de la tropa, que lo acompañara caminando a entrevistarse con nuestros Jefes.

Era una noche oscura y solo nosotros sabíamos el miedo que reinaba entre los que estábamos en la encrucijada. La única luz era la que despedían los camiones que se acercaban y que ante la cantidad aumentaba nuestro pánico.

En el momento oportuno el primer grupo saltó al camino e intento detenerlos. Al tano Antonio Zuccarini y sus dos acompañantes, casi los pasan por arriba. Solo atinaron a saltar para no ser pisados por el auto que encabezaba la marcha.

El segundo grupo recibió la orden. Lo comandaba el Soldado “Talo” Erostegui de Puán, que se cuadró en el medio de los faros e hizo ademán de disparar. El auto se detuvo. Uno de los Jefes se bajó armado y se pusieron frente a frente. El vasquito no bajo la guardia, mantuvo su arma en posición de tiro, y le comunicó que tenía orden de que el Jefe del operativo lo acompañara para entrevistarse con nuestros superiores. Los gritos que recibía Erostegui en el silencio de la noche retumbaban entre las paredes del camino. Pero el vasco no se inmutó y se salió con la suya. El General caminó acompañado por un máuser en la espalda, hasta que los tenientes supieran las intenciones de los visitantes.

Posteriormente nos enteramos que eran leales a Perón, y que necesitaban proveerse de municiones en nuestros Arsenales y su destino final era Bahía Blanca para enfrentar a las fuerzas de la marina de guerra que habían tomado las distintas bases militares del ejército.

Trabajamos toda la noche cargando camiones con todo tipo de munición y por la mañana retomaron el camino con la triste novedad que se llevaron más de treinta soldados compañeros nuestros y algunos suboficiales. El sorteo determinó la adversidad de los que tuvieron que acompañar la caravana. 

Antes de llegar a las primeras lomadas de las sierras de Pigüé, nuestros suboficiales, en una sobrada muestra de la hombría militar, habían abandonado la tropa y se volvieron a pie a sus casas. No era raro este proceder de los militares. En esos días había pasado un tren especial completo de soldados de los Cuerpos de Ejercito de Campo de Mayo, que también se dirigían a Bahía Blanca, con la particularidad de que nadie venía al frente de la compañía. En Temperley ya se habían bajado del tren todos los oficiales y suboficiales y quedaron solo algunos cabos al mando de la tropa. Si Perón estaba esperanzado en sus militares leales, estaba perdido.

Mientras; los aviones de la Armada continuaban sobrevolando diariamente el Cuartel y nosotros ya nos habíamos acostumbrado a esta rutina. Pero un día se terminó la calma y dispararon unas pocas bombas y también nosotros repelimos el fuego, poniendo en funcionamiento los varios cañones que habíamos camuflado entre la arboleda. Un avión de ellos fue alcanzado y cayó cerca de Saavedra. Desde ese día tomaron distancia y la altura fue un impedimento sin solución para nuestros conocimientos en el manejo de los cañones y nuestras posibilidades se extinguieron.

          Vaya como anécdota que en el fragor del combate, confundimos la elección de las bombas y tomamos unas que explotaban solo al tocar tierra, y al girar el avión sobre la ciudad, bombardeamos sin querer varios blancos de Pigüé, haciendo desaparecer un carro lechero, un gallinero y un galpón pequeño. Los habitantes, pensando que los aviones estaban bombardeando la ciudad, huyeron despavoridos sin saber que los culpables éramos nosotros y nuestro atolondramiento. En este caso el acierto fue no dar en el blanco, porque las consecuencias podrían haber sido funestas.

El 19 renunciaba Perón. El 23 en apoteótica jornada Lonardi arribaba a Buenos Aires y lanzaba la famosa frase “ni vencedores, ni vencidos”. Todos lo efectivos del ejército que defendían al gobierno, se habían rendido.

Nosotros solos seguíamos en pie de guerra. Amuchastegui seguía borracho y nuestros jóvenes Jefes seguían defendiendo las autoridades constituidas, que valga la redundancia ya no eran las mismas.

Varios días después, tres Abraham Lincoln a mas de tres mil metros de altura, y siete aviones de caza que nos rozaban en vuelos rasantes, nos invitaban mediante la intimidación a rendirnos. Los Tenientes a cargo del operativo ante el desconcierto, nos impedían cualquier acción de guerra y luego de cinco horas de comunicaciones y deliberaciones entre los que volaban y los que estaban en tierra, determinaron la rendición.

Había caído el último bastión de defensa del Gobierno peronista. Perón hacía rato que estaba asilado en la República de Paraguay. Ciento noventa soldados seguíamos encarnecidamente defendiendo nuestra causa, casi sin entrar en conflictos y con los jalones de haberle dado a pleno a un avión, un carrito, un gallinero y un galponcito. Para colmo, más tarde la noticia fue que al avión lo habían alcanzado con un disparo los soldados de Campo de Mayo que viajaban en el tren. Ni ese pequeño éxito nos lo dejaron. 

Nunca mas lo vi al vasco Erostegui. Seguramente guardará su medalla de oro por su acto sumamente heroico.

Cuatro años después estuve con el Teniente 1° Hatchecatalepo en La Plata y conversamos sobre aquel reconocimiento. Le solicite el favor de que intercediera en el traslado de mi hermano Carlos que estaba haciendo la conscripción en Olavarría y estudiaba en La Plata, y lo consiguió. Con mi padre se lo agradecimos personalmente. 

Con el Teniente Gilberto J. López me encontré varias veces en Coronel Suárez donde había fijado su residencia luego de retirarse del Ejército. Había comprado un campo lindando en la parte norte con el Canal Ameghino, al que anteriormente lo cruzaba el arroyo Bandurrias y permanecía la mayor parte del tiempo inundado. Era un campo totalmente ganadero que se había convertido en una parte importante de su superficie en agrícola, luego de la construcción del Canal Ameghino.

Seguramente nunca se enteró, ni se va a enterar, que el soldado de la clase 34, fue participe junto con integrantes de las Fuerzas Vivas de Carhué y Guaminí en dinamitar el Canal, justo frente a su campo, donde Carlos Eloy Flaherty colocó la dinamita para que en segundos, se inundara totalmente su propiedad rural y se convirtiera en un mar donde el agua buscaba la pendiente natural arrastrando todo lo que encontraba a su paso. Su campo había vuelto a su estado original.

En el mismo momento, Carhué comenzaba a salvarse de un destino similar al de Epecuén. Pero esta es otra anécdota que merece ser contada.

ROBERTO H. LASPIUR

*Autor del Libro “Cien días en la Inundación de Epecuén. Crónica de una criminal inacción.” Dunken. 2005. 276p.

PUBLICADO EN REVISTA DE HISTORIA REGIONAL MUSEOS DEL DESIERTO Nº 3 2008

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