SERIE FAMILIAS ORIGINARIAS: "DON PERALTA", EL INDIO QUE FUE TROPERO DE LEVALLE

GUILLERMO CUADRADO HERNÁNDEZ
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"DON PERALTA", EL INDIO QUE FUE TROPERO DE LEVALLE

UNA RELIQUIA HUMANA EN "CARAHUE MAPU" LEVALLE, CRISTIANO BUENO, "TORO..." CIENTO CINCO AROS Y UNA JUBILACION DE $ 25

 Por G. CUADRADO HERNANDEZ            

Nuevo Mesías, (Calvucufrá guió a los voroganos de al1ende los Andes hasta la tierra prometida, en las pampas argentinas. Después de cuarenta años de dominación, con un pie en la tumba, en 1873 recomendaba a sus sucesores: —¡No os dejéis arrebatar Carahué Mapú!

Los tres hijos del fundador de la dinastía de los Piedra, los 3,000 guerreros y los 20.000 súbditos que dejaba, no echaron en saco roto la última voluntad del soberano muerto. Carahué Mapú (país del lugar estratégico), hoy Carhué, fué defendido por las lanzas indígenas en homéricas contiendas. Los descalabros sufridos por las armas nacionales movieron al ministro de Guerra, doctor Ado¬fo Alsina, a consultar, en 1876, al coronel Nicolás Levalle, jefe de la línea “fronteriza” con Carahué Mapú, sobre el serio asunto, y dicho militar dijo que “pensaba que debían marchar y morir, si era necesario, con la montura en el hombro, sobre Carhué”. “¡Iremos a Carhué!”, fué la exclamación del doctor Alsina. Y su ocupación se producía el 24 de abril de 1876.

Pero, ¡a costa de cuántos padecimientos de los vencedores! El coronel Levalle encaneció en tres meses, y en el campamento —lo ha dicho él mismo—, “era un loco; más que un loco: un demonio, que no quitaba la mano del revólver, temiendo que alguien le pegase un tiro, no pudiendo soportarlo, y desesperado como él”. Tan tremenda situación decidió al gobierno, en 1877, a abandonar la línea de Carhué. Pero el coronel Levalle respondió “que tenían el deber de morir allí”. En esos mismos días Namuncurá ofrecía en venta Carhué, en doscientos millones de pesos. La respuesta la dieron los remingtons con que se conquistó definitivamente ese país.

Carhué, tierra de indios

Tierra de indios,, por antonomasia, Carhué fué conquistada, pero nunca dominada. Todo allí dice de la supervivencia del espíritu aborigen. Ni los toldos faltan. Por sus calles pululan, como sombras espectrales, indios cargados de años y de tristes añoranzas. Hicimos amistad con muchos, pero uno de ellos, ya centenario, nos impresionó vivamente, no porque su historia sea extraordinaria en sucesos legendarios, sino porque nos habla con elocuencia de los errores en que solemos incurrir al juzgar a su vencida raza. Nos fué presentado en el rancho de un “paisano” suyo, Florencio Cejas.

—¿Y, qué tal, “don Peralta”, cómo le va yendo?

—Indio vieco, viviendo no más... —es su respuesta.

Y no despega más los labios. Sentados frente a frente, “don Peralta” nos estudia detenidamente y parecería querer escrutar hasta en los pliegues más recónditos de nuestra alma. Evidentemente, conserva las cualidades de su raza. Vale decir, su reserva cautelosa, que hace pensar en la congénita suspicacia que caracteriza al indígena, lo mismo que su impasibilidad estática, con ahorro de los menores movimientos. Simulamos no percatarnos de la inspección a que nos somete con su vista de águila, y cuando por la actitud que adopta comprendemos que le somos “personas gratas” lo abordamos.

Tropero del coronel Levalle

Ante una pregunta que le formulamos vacila.

-¡Uhhh!... —exclama, por fin, como silbando por entre sus bigotes y barbas tordillos y duros como cerda de jabalí —. Indio vieco, teniendo muchos años. Más de cien...

Su “paisano" Cejas afirma que debe andar en los ciento cinco abriles. Le pedimos luego a “don Peralta” referencias sobre su padre y si perteneció a la nación” acaudillada por Namunucrá.

—¡Nooo! vuelve a “silbar”—. ¡Namuncurá, no! Mi padre, José Peralta, siendo lanza de Pincén. ¡Pincén “toro”!

'El toro es símbolo de fuerza entre los indios. Pincén, nacido en Carhué, fué justamente temido por su bravura. Es histórica la cuestión “nacionalista” que planteó a Callvucurá, del que era capitanejo, a quien dejó de servir por entender Pincén que él, como “Indio argentino”, no podía estar a las órdenes de un “usurpador chileno”, como calificaba al soberano salinero. Conquistó con prodigios de valor títulos y vasallos  y se proclamó jefe supremo de los indios montoneros, plantando su corte en Leuvucó. Con Pincén estuvo desde la primera hora el padre de “don Peralta”, guerrero valiente. Un dia, sin embargo, el bravo lanza y su hijo caían prisioneros del general Ignacio Rivas. Costó poco amansarlos, particularmente a Juan Peralta, de carácter dócil desde su niñez y enemigo de pelear. Los llevaron hasta la pila bautismal, y desde entonces quedaron incorporados a la civilización. Allí dejaron su salvaje libertad y sus primitivos y dulces nombres con sabor a selva, pampa y cielo, y fueron dos Peraltas más. Deben haber sido del linaje de los nahuel, tigre; o de los ñancú, águila; o de los manqué, cóndor; o de los leuvú, río; pero “don Peralta”, por más que sacude las telarañas que cubren su memoria, sólo tropieza con el de los Peralta que les agregaron los “huincas”.

¿No recuerda al coronel Levalle, “don Peralta”?       

- ¿Levalle?... —exclama esta vez vivamente, saliendo de su impasibilidad—. Recordando, sí, ¡uhhh! —agrega, intercalando, una vez más, la interjección preferida —. Indio estando “coven” trabajando tropero Levalle. Indio cuidando tropilla coronel y llevando en volanta de Arroyó Corto a Carhué. Levalle, “¡toro, chiñores!” Barba grande, blanca, Levalle; cristiano bueno, muy bueno. Indio recordando, ¡uhhh!...

“Don Peralta” esta vez, al recordársele a Levalle, se reanima. Levalle era “toro” y quizás por eso mismo llegó a venerarlo.

"¿Pa qué sirve ser honrao?”

Son fugaces los destellos que hacen alguna luz sobre el pasado de “don Peralta”. Recuerda vagamente haber asistido a los funerales de Callvucurá, siendo aún “chinito”; ubica, en forma esfumada, al general Rivas, y evoca la primera conscripción de Curá Mal al, donde se incorporó como soldado y conoció al general Luis María Campos. En cambio, no se le despintan las estampas de Pincén y Levalle —¡dos toros, ufff!—, tal si estuviese contemplando un cuadro de subidos matices.

Hurga en el fondo de lejanías y va desflecando el raído poncho de su memoria. Dado de alta en el ejército, fue a parar de mensual a una estancia de Carhué. Arriero, arador, trillador, domador, carneador, lo fué todo. Jamás le mezquinó el cuerpo al trabajo. Nunca, a pesar de su sangre india, tuvo una pendencia con nadie, ni se emborrachó, ni conoció un calabozo. Su único vicio, que lo apasionaba, fueron las “boleadas”, esto es, cacerías de guanacos, avestruces y gamos, arte en que no tenía rival. Como compositor de fletes era todo un experto.

—Indio —cuenta “don Peralta”— teniendo parejeros. Cuidando tropillas de Levalle, marca Las Espadas, sacando un bayo, no perdiendo nunca.

Todo esto lo confirman su “paisano” Cejas y otras personas. De su acrisolada honradez se hacen lenguas en el pago. Y de su nobleza. Pingos y bienes a su cuidado no eran “robados” por nadie. Ni por la “polesía" de la época.

Fué un verdadero cancerbero en la custodia de los intereses de quienes ocuparon las feraces tierras del país de Carhué, de las que es un poco dueño. Sirvió fielmente a la patria y a sus patrones y al cabo de treinta y cinco años, ya “bichoco” para las faenas camperas, le dijeron un día:

—Lo vamos a “jubilar" con veinticinco pesos. Pero va a tener que seguir trabajando.

En el fogón queda apenas un fuego mortecino. Alguien, haciendo rechinar los dientes, exclama:—¿Pa qué sirve ser honroa, pues"

Es medianoche. “Don Peralta” va en busca de su “yecua”, no sin antes dar el ¡“güen provecho”! Y monta mientras murmura:

—Indio vieco, no sirviendo para nada. Levalle, Pincén, ¡uhhh, dos “toros"!

En la penumbra se recorta su silueta. Nos da la impresión de una vision fantasmal que, desde el fondo de los tiempos viene a recordar la última voluntad de Calvucurá:

—¡No os dejéis arrebatar Carahué Mapu!

 

RECORTE PERIODÍSTICO 1950ca  S/REFERENCIAS. ARCHIVO MUSEO. 

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